Está claro que como fisioterapeutas el contacto físico con nuestros pacientes nos diferencia dentro de la práctica clínica entre los diferentes profesionales que nos dedicamos al campo de ciencias de la salud.
Realizamos diferentes test ortopédicos a los pacientes, aplicamos aparatología como la ecografía o electromiografía para sumar objetividad al razonamiento clínico y/o al tratamiento, valoramos la calidad y cantidad de movimiento, y así con numerosos parámetros que evaluamos a lo largo de la clínica. ¿Y qué ocurre con la presencia de cicatrices en el paciente? ¿Lo tenemos suficientemente en cuenta como profesionales sanitarios? ¿Es necesario darle importancia? ¿Van a suponer un factor que participa en los síntomas presentes?
Y con esto no me refiero a una cirugía a la que se le haya sometido al paciente y que sea el motivo principal de consulta. Si no a cirugías que este ha experimentado a lo largo de su vida, que presenta síntomas, pero que, sin embargo, la persona ha normalizado. A lo que se le puede sumar que nosotros, como fisioterapeutas, podemos restarle la importancia que se merece.
En el apartado de antecedentes médicos, durante la entrevista clínica, un porcentaje variado de pacientes nos cuenta que ha experimentado algún tipo de cirugía a lo largo de su vida. Apendicectomía, implantación de material de osteosíntesis, cicatrices de cesárea o episiotomía, artroscopia en la articulación de la rodilla o laparoscopia en zona abdominal, son algunas de las más frecuentes.
¿Cuántas veces le preguntamos por sintomas asociados a estas cicatrices? Por ejemplo, hipersensibilidad o alodinia asociada, es decir, el paciente refiere molestia o dolor en la zona de la cicatriz o en zonas adyacentes ante estímulos que no deberían de serlo como el roce con la ropa o el tacto. Sensación de tirantez o restricción del movimiento también suelen ser habituales ante actividades de la vida diaria. O incluso presencia de dolor a distancia, debido a que puede comprometer la correcta funcionalidad de la musculatura existiendo un fallo en el control motor. Por ejemplo, existen estudios realizados con pacientes que han experimentado una cesárea donde esta se relaciona con presencia de dolor lumbar, ya que puede haber una afectación de la correcta activación de la musculatura estabilizadora abdominal por la cirugía y, por tanto, también de la zona lumbar.
Del mismo modo, debemos hablar de las secuelas estéticas y/o psicológicas que estas puedes generar al paciente. ¿Cómo se siente cuando se mira al espejo y visualiza esa cicatriz? ¿Le impide vestir con ciertas prendas o realizar determinadas actividades por vergüenza a que se vea la cicatriz? ¿Supone una afectación a su autoestima o le genera ansiedad o depresión como indican diversos estudios?
Teniendo todo esto en cuenta, debemos de realizar una mejora en el abordaje de las cicatrices y así poder diferenciarnos tanto en su valoración como tratamiento o complementar la labor de otros profesionales. Mediante técnicas como el masaje, aplicación de laser, radiofrecuencia, crioterapia o la educación al paciente en el cuidado de la piel, entre otros, podemos obtener una mejora en la sintomatología y aspecto y, por tanto, en la calidad de vida.
María Eugenia Rodríguez Sánchez
Miembro del Grupo de Investigación en el Estudio y Manejo Integral del Dolor de la Universidad Europea
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