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Adultos mayoresEjercicio terapéutico

Ejercicio y envejecimiento saludable

By noviembre 19, 2025No Comments

El número de adultos mayores de 65 años se duplicará alcanzando la cifra de 1.500 millones para 2050. Se espera que los mayores de 80 años se tripliquen llegando a los 426 millones para ese mismo año. El 10% de estos adultos mayores que viven en comunidad son frágiles; un porcentaje muy bajo si lo comparamos con el de la fragilidad presente en aquellos adultos mayores que viven en residencias, que alcanza un valor del 50%.

La fragilidad se entiende como un síndrome clínico estrechamente relacionado con el envejecimiento y se caracteriza por una disminución de la reserva fisiológica de múltiples sistemas orgánicos acompañado de un deterioro cognitivo de evolución progresiva, yendo desde el deterioro cognitivo leve hasta la demencia grave. Sumado a esto, los adultos mayores también sufren síntomas depresivos, dándose en más del 40% de aquellos que habitan en residencias.

Las estrategias actuales para el tratamiento de la fragilidad se centran en la suplementación nutricional y el uso de fármacos. Sin embargo, estas intervenciones tienen una eficacia limitada, puesto que el efecto de la ingesta de proteína en el aumento de la masa muscular de los adultos mayores sedentarios aun no es significativo, y su impacto tanto en la fuerza como en el rendimiento es variable; por otro lado, la medicación presenta algunas reacciones adversas, interacciones con otros fármacos, y en ocasiones, una mala adherencia al tratamiento. Estos problemas se encuentran estrechamente relacionados con una mayor morbilidad y mortalidad en adultos mayores en condiciones de fragilidad.

Debido a que la disminución de la función física y de la independencia son rasgos centrales de la fragilidad, el incremento de la actividad física y la implementación de planes de ejercicio surgen como opciones de bajo coste y alta seguridad. La “actividad física” (AF) se entiende como cualquier movimiento corporal producido por los músculos esqueléticos que aumenta el gasto de energía. Por otro lado, el “ejercicio” se define como un subconjunto de la AF, caracterizado por su naturaleza planificada, estructurada y repetitiva, con el objetivo de mejorar o mantener los componentes de la aptitud física, tales como la capacidad aeróbica, la fuerza muscular, la resistencia, el equilibrio, la coordinación o la flexibilidad.

La AF impacta de manera significativa en el envejecimiento, ya que reduce el riesgo de padecer muchas enfermedades crónicas, especialmente si otros determinantes de salud ya sean económicos, culturales o geográficos, son favorables. Sin embargo, un estilo de vida sedentario aumenta el riesgo a sufrir enfermedades cardiovasculares, cáncer, diabetes de tipo II, obesidad, disminución de la función muscular, enfermedad de Alzheimer, depresión y fragilidad, entre otras. La AF regular mejora la función cerebrovascular y endotelial, reduce el estrés oxidativo y la inflamación sistemática, y ayuda a regular la función inmunitaria.
Por otra parte, el ejercicio ha mostrado ser efectivo en la mejora de la fuerza (especialmente la de prensión manual y la de los miembros inferiores), del equilibrio y de la movilidad en adultos mayores en diferentes estados de fragilidad. Estas mejoras se traducen en un menor riesgo de caídas, así como en una mejora de sus capacidades y una mayor autonomía.
Más allá de su impacto en la aparición y desarrollo de enfermedades, así como en la mejora funcional, también tiene un efecto beneficioso en el bienestar emocional y social de nuestros adultos mayores, especialmente si este ejercicio se realiza en grupo, puesto que este ayuda a aumentar la interacción social, a reducir los síntomas depresivos y a mejorar el compromiso social. Cabe mencionar su impacto en los aspectos cognitivos: el ejercicio multicomponente, es decir, aquel que implica ejercicio aeróbico, de fuerza y de equilibrio, y el ejercicio mente – cuerpo, han mostrado ser los más efectivos en la mejora de la función cognitiva. Esta mejora se puede atribuir a la capacidad del ejercicio de aumentar los niveles de neurotrofinas, en particular los niveles del “factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF)”, implicado en la supervivencia celular, en el crecimiento de neuritas y en la plasticidad sináptica.

Recomendaciones de ejercicio adaptado a distintas patologías

El ejercicio debe ser prescrito de manera personalizada, atendiendo tanto a las distintas variables del ejercicio como la respuesta a él, influenciada por factores personales, genéticos, funcionales, psicosociales y ambientales. Debe tener en cuenta el contexto funcional, metabólico y cognitivo del paciente, así como considerar las distintas comorbilidades presentes en el adulto mayor. A continuación, reflejamos las recomendaciones establecidas en consenso para un envejecimiento óptimo y un mantenimiento o mejora de su capacidad funcional. Estas recomendaciones pueden ser tanto el punto de partida de algunos como el objetivo a alcanzar de otros, por lo que será importante tener en cuenta cada caso:
• Ejercicio de fuerza: de 2 a 3 veces en semana, de 8 a 10 ejercicios por sesión, de 1 a 3 series de cada ejercicio y de 8 a 12 repeticiones cada serie; se debe comenzar al 50% del 1RM y progresar a cargas más pesadas situadas entre el 70 – 80% del 1RM durante las 2 primeras semanas; los aumentos de carga se deben dar en un plazo de 2 a 4 semanas; y los descansos entre series deben oscilar entre 1 y 3 minutos.
• Ejercicio cardiovascular: de 3 a 7 veces en semana, con una duración de 20 a 60 minutos por sesión realizando actividades que empleen grandes grupos musculares, a un 55 – 70% de la FCreserva y con un RPE de 4 – 5/10.
• Ejercicio de equilibrio: de 1 a 7 veces en semana, de 4 a 10 ejercicios de posturas y movimientos estáticos y dinámicos, y de 1 a 2 series por ejercicio.

 

Álvaro García Molina
Miembro del Grupo de Investigación en el Estudio y Manejo Integral del Dolor de la Universidad Europea.

 

Referencias bibliográficas

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